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Tecnología y Fallo humano

VISIÓN PERIFÉRICA por Joaquín S. Torné.

En plena era de la tecnología, cuando todo lo que nos rodea se torna microchip, 4G, Ipad o lo que sea, es sorprendente que sigan ocurriendo cosas como la sucedida el miércoles a la entrada de Santiago de Compostela.

Desde luego no es intención de esta columna demonizar al maquinista que al parecer provocó el trágico accidente, con casi un centenar de fallecidos y otras tantas familias rotas por el dolor; en su pecado, si es que lo ha cometido, llevará su penitencia.

Sin embargo, sí pretenden estas líneas poner el énfasis en el hecho de que es intolerable que cuando todo es perfectamente controlable se deje al albur de una sola persona el control sobre la vida de tanta gente. Un maquinista puede tener un desmayo, puede sufrir un trastorno transitorio, puede tener problemas personales o lo que sea, y de todo eso no puede depender que tu hijo, tu padre, tu pareja o tu gran amigo pierdan la vida.

Las tertulias de las radios, las televisiones o los artículos de Prensa que tratan de explicar el porqué de la tragedia se han afanado enormemente en abonar hipótesis y presentar las diferentes aplicaciones que ya existen para frenar un convoy cuando se salta una norma de la vía.  Hay varios mecanismos tecnológicos y todos ellos efectivos, y con todos ellos el mercado de la realidad es que Galicia y España entera están hoy de luto sin que nadie se explique la razón.

La tragedia demuestra que el ser humano es capaz de crear la tecnología actual pero no lo es de asumir que cualquier paso que se da en la vida conlleva un riesgo y que cuando se viaja a una determinada velocidad siempre puede aparecer lo que se llama imponderable y que acaba invariablemente en desastre. Por eso es más importante que nunca que, cuando los vehículos de todo tipo alcanzan velocidades de vértigo, se deje lo menos posible al albur de nuestra propia condición de seres humanos.  Aunque, bien mirado, lo peor es que también la tecnología falla sin explicaciones. Cuántas veces, al atascarse el ordenador han oído la respuesta: “No sé qué ha pasado; apaga y vuelve a encender”.  Lo haces y funciona.

Es fácil suponer que todas las familias que han perdido a un ser querido pretendan que el peso de la ley caiga con toda la fuerza posible sobre el maquinista. Es menos sencillo pensar que también él sufrirá con la tragedia, pero conviene que se haga, que busquemos ponernos en su pellejo para encontrar la verdad.

Y fallo humano no es lo mismo que imprudencia temeraria. Lo primero malo, pero lo segundo malísimo.

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