• Twitter
  • Facebook
  • Google+
  • Vimeo
  • RSS

Our blog

El concierto autonómico

CRÓNICA POLÍTICA por Ángela Domínguez.  Pocas veces los circunloquios engendrados por la política tienen tanta versatilidad y no esconden en largos conceptos, llenos de tediosos fonemas y vacíos de contenidos, una realidad fea o sucia. “Concierto autonómico” ha servido en la jerga institucional –que no por ser excelentísima o ilustrísima, según no sé que casos, es menos jerga- para definir la armonía, el pacto entre los territorios del estado autonómico, a la hora de encauzar la solidaridad económica, cuando no el reparto de los fondos estatales, el desarrollo de las competencias transferidas, los privilegios tributarios o el bocado al fisco nacional… En definitiva, multitud de cuestiones que, si bien son cruciales por ser en esencia monetarias y, al parecer, sólo el dinero o más bien la falta de él mismo nos hace pensar o cambiar, lo cierto es que no dejan de ser aspectos demasiados económicos, carentes de esta transcendencia que le otorgamos a la filosofía o al lado espiritual de las cosas. Concierto autonómico suena muy bien. Quizá sea la influencia de la metáfora utilizada. Evoca la imagen de una orquesta en la que el sonido es una mixtura única por más que dimane de distintos instrumentos, la partitura es un ejercicio de espiritualidad matemática sometido al conocimiento común y la batuta sólo se anticipa levemente, con un magisterio reconocido por el pleno de los intérpretes, para encauzar el fluido etéreo de la música. Realmente suena bien. Como suenan bien algunas de las buenas noticias ocurridas en la última semana y que también implican una acompasada armonía en el poder. Dicen que las buenas noticias no venden y no sé exactamente quién lo dice, porque el ejercicio del periodismo nunca ha implicado, que yo sepa, la exclusión de lo bueno en la vida. Lo que vende, por decirlo en esos términos de mercantilismo informativo es lo revelador, lo desconocido, lo inquietante, lo sorprendente, lo raro, lo transcendente, lo emotivo, y así hasta acumular una montaña de calificativos. Ninguno de éstos conlleva maldad, sino quizá sorpresa. Por eso una buena noticia con tipografía destacada y acorde a la sorpresa, vende, como el consenso inédito sellado esta semana en las Cortes de Castilla y León entre la oposición socialista y el gobierno popularista (que populares somos todos) para afrontar dos asuntos relevantes, uno por decisivo: la ordenación del territorio; y otro por vital: los centros médicos rurales. La armonía lograda entre las dos grandes fuerzas del poder autonómico también suena bien, por más que algún espectador-lector le produzca cierto recelo sónico, y se pregunte si este dúo político no canta en pregrabado. Sobre la seguridad sanitaria rural, sólo cabe decir, que se trata de la reparación de un daño que no debió ocasionarse nunca, porque la atomización, la dispersión y el envejecimiento de nuestros pueblos, implican, en un estado social justo, mantener al coste que sea preciso la garantía de la salud. Dicho esto, opino que la verdadera transcendencia de esta ocasional alianza política se cifra en la ordenación del territorio. Castilla y León no solo ha reprobado gran parte de las pautas de la reforma local que se ha presentado desde el Estado central, en un ejemplo de modélica rebeldía que la honra, sino que además afronta ahora el diseño de su propio orden territorial. El concepto puede sonar a limpieza general con cambio de muebles, ordenación de armarios, bayetas mil para usos diversos, despliegue de aerosoles químicos y zafarrancho de combate doméstico, y prácticamente es así. Ordenar un territorio inmenso y disperso, más grande en superficie que algunos países europeos y con una debilidad demográfica y estructural evidente, es todo un desafío si realmente se pretende instaurar un modelo eficaz en servicios al ciudadano y en rentabilidad económica. Aunque se trate de conceptos muy manidos en el discurso político, la empresa que el Parlamento se ha trazado es realmente compleja, pero obligada. Y nace con una obligación de acuerdo, ya que su alumbramiento será a través de una ley, que no mediante la vía totalitaria del decreto, y además con la exigencia de ser aprobada por dos tercios de la cámara. Reunir la voluntad de una mayoría amplia para intentar salvar al territorio de ese extenuante decaimiento al que parece condenado, cuando no de la inflexible agonía de un mundo rural que, no olvidemos, es el ser y la esencia de Castilla y León, es un reto acuciante y al tiempo un deber relegado al olvido durante décadas. La escena plasmada el jueves con un presidente, Juan Vicente Herrera, y un líder de la oposición, Oscar López, mirándose frente a frente en las Cortes no para desafiarse, sino para afrontar el mismo y común objetivo resulta un buen preámbulo para la esperanza. Ambos parecen haber aprendido que en la partitura de Castilla y León, cada uno interpreta un instrumento, diferente, pero armonizable con la totalidad del cuerpo orquestal. Y es precisamente ese mismo entendimiento aún naciente en las Cortes y similar desafío también en el ámbito del orden territorial los que se echan en falta a la hora de abordar el concierto autonómico entre provincias. Es paradójico que quienes izan la defensa del estado autonómico, ahora cuestionado no por su filosofía sino por sus cuentas, frente al estado centralizador, apliquen luego en sus comunidades un centralismo similar o peor al que antes desde Madrid prevalecía. El miedo a la disgregación y a la duplicidad de competencias – mal que lejos de evitarse se ha propagado – no se corrige desde un centralismo mas cercano, Valladolid en lugar de Madrid, sino posiblemente siendo mas valientes, otorgando a cada territorio un protagonismo único en el conjunto. No solo acercando el concepto de Castilla y León, nuestra singular comunidad copulativa, a cada provincia, sino alentado el papel de cada provincia para que se sienta intérprete solista en esta orquesta común y ofrezca su música a esta región matrimoniada. No caben imposturas sobre la identidad ni hacer parejos un gentilicio a otro, como si el tapiz tejido por siglos de cultura, territorio, comunicación e incluso sufrimiento se pudiera replicar en una factoría china. Ser castellano y leonés es una dualidad casi imposible, especialmente cuando prima un infinitivo de mayor peso: ser español. Pero si cabe sentirse adscrito a un territorio, implicado en su futuro y leal en su defensa porque participas de una comunidad eficaz y donde ejerces un papel determinante. Las diferencias no son razón para alejarnos o sumirnos en la inopia, sino que ofrecen la potencialidad de enriquecernos. Más que crear identidad regional, deberíamos crear pertenencia; ese mismo vínculo que hemos generado al proclamarnos europeos con el acta de adhesión de 1985. Y este criterio de propiedad sobre un territorio o jurisdicción que es la pertenencia implica protagonismo, ser intérprete con derecho a instrumento. Muy lejos de esta tesis, en Castilla y León los papeles apenas se han repartido y hay territorios que no tienen pito que tocar en la vacía sinfonía de una comunidad en la que la dirección vallisoletana tiende a incautar casi todos los instrumentos. Tristemente, es el recelo a Valladolid el nexo común, la única identidad fructificada entre las ocho provincias restantes. Y no es una cuestión leonesista en León o castellanista en Burgos. No es provincianismo, sino la reacción a un centralismo institucional radicado en Valladolid que vacía de contenido y, por tanto, de implicación al resto. El Tribunal Superior de Justicia es el último capítulo de una larga saga de ejemplos similares. El limitado papel concedido a Burgos como capital judicial en Castilla y León –como limitada es la Procuraduría del Común en León o el Consejo Consultivo en Zamora –se reduce de nuevo a favor de Valladolid. Posiblemente no es relevante para una ciudadanía sometida a mayores angustias, pero es una secuela más del error de concepción en esta autonomía. El centralismo institucional no crea unión, sino tensión en la ordenación territorial. Quizá fuera mejor designar formalmente a Valladolid como capital de Castilla y León, simplemente lo que ya es de hecho. A lo mejor, así actuaría con la magnificencia y generosidad de una capital regional interesada por la complicidad y la prosperidad de los restantes territorios que conforman y nutren su propia gloria, y no con la codicia que implica su actual condición bastarda. Quién dirige la orquesta no puede tener para sí todos los instrumentos.

Login

Please login using your credentials recived by email when you register.

I forgot my password | Resend activation e-mail

×